lunes, 18 de julio de 2011

Sobre vivir y pensar

 

Sobre vivir y pensar

                                                                                              Alberto S.E.Ascolani

 

      Este borrador fue conformándose a partir del propósito de transmitir a colegas y estudiantes de Institución y Sociedad1, algunas ideas que permitieran analizar y en todo caso matizar la importancia asignada al llamado "mundo virtual", tan promovido en algunas cátedras, a tal punto que pareciera que fuera de él, nada existiera.

   Quizá transmitir la hipótesis de que ese mundo virtual es un mito, producción imaginaria, aun cuando haya soportes en la realidad que nos brindan pantallazos de lo que podría implicar, si ocupara totalmente nuestras vidas.

   En tanto mito, es posible que sirva para suturar la enorme brecha que deja el "mundo real" en cuanto a posibilidades de vida medianamente digna y productiva.

   Se trata en fin, de una reflexión personal en la cual se encontrarán cuestiones teóricas implicadas, aun cuando si su sentido se pueda encontrar en lo conceptual o en su sentido literario, no tiene mayor importancia.

 

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   Buscaba alguna pregunta que me encaminara en estos difíciles momentos del mundo actual. El tema era el sujeto y su vida. Vinieron palabras: significado, sentido de la vida. Pero significado o sentido eran "a posteriori", lo que se piensa de algo, lo que aparece en segundo lugar. No se trataba de eso.

   La pregunta quizás podría ser: vivir, qué es vivir, como vivimos.

   Vivir indica movimiento, se compone de actos en los que a veces el cuerpo aparece como causa principal y otros como pensar, conocer, tener relaciones cotidianas con personas y cosas. Vivir es hacer cosas todos los días. Irremediablemente las mismas. Hacer cosas más espaciadas, irremediablemente las mismas. Hacer alguna vez algo que introduce lo diferente y nos da oportunidad de despertar del sueño cotidiano de la reproducción, del letargo, de la obnubilación del transcurrir sin ver, sin pensar, sin conocer porque lo que reaparece, siempre igual, día a día, deja de hacerse presente como conocimiento.

   Conocimiento es precisamente darse cuenta de lo diferente que aparece en lo mismo. Lo sutil, lo casi imperceptible, lo que se sugiere, lo que se intuye, lo que se siente. Conocimiento como aspecto de la producción de un pensar, que va más allá de la adquisición de un saber. Hay quienes saben mucho y no pueden pensar nada como es el caso paradigmático de las denominados malamente "Sabios idiotas".

   Vivir: presencia, constancia, movimiento del cuerpo, del pensamiento, de lo otro y los otros.

   Si apuntamos algunos hitos podemos decir que vivir es dormir, comer, hacer nuestras         necesidades corporales, lavarnos, caminar, trabajar, divertirnos, pasear, relacionarnos con amigos, relacionarnos en el erotismo, el sexo, el amor.

   Vivir es tener que dormir todos los días y sentir que eso es impensable, hueco sin forma ni luz, o despertar en la noche y sentir que algo es diferente, rescatar alguna imagen, sensaciones. Sentir que ahí, en uno mismo hay una fábrica, un taller que trabaja y trabaja. Animarse a pensarlo un momento, salir por un instante de esa sensación de caos que uno tiene cuando entra en una fragua y ve sólo luces, oscuridades, movimientos incomprensibles, fuertes olores, ruídos, calor insoportable que vuela y abraza, frío que toca en ominoso silencio.

   Difícil desafío ante las alienaciones cotidianas. Contra eso no han podido los mundos imaginados, menos repetitivos que se intentaron construir y que poco se  han materializado. Contra eso se rebelaron los hippies en los sesenta. Estuvieron contra el aburrimiento del matrimonio nuclear, contra el trabajo repetitivo y alienado, quisieron viajar y volar por mundos de sonidos y colores prestados por plantas y otras pócimas más o menos milagrosas.

   Luego comenzaron a reproducir visiones pasivas, religioso-místicas muchas veces tan rígidas y tan represivas como las viejas que habían rechazado.

   Siempre el dilema: pasividad o producción. Producir bajo el efecto de algo que te da fuerza desde afuera o producir por efecto de la aceleración, potenciación y acción de la propia energía.

   Hoy ha irrumpido el mundo virtual y llena las cabezas, las bocas, las pantallas y aún los escritos. Es lo virtual percibido visualmente, con adición de sonidos. Ilusión de que el cuerpo puede participar cuando en realidad está ahí, estático y separado de la acción que se da sólo en la imagen.

   Pero cuando se corta la luz o viene el cansancio, el cuerpo vuelve con sus demandas obvias y simples. Tengo hambre, tengo que ir al baño, me tengo que bañar. En esas acciones ineludibles no hay mundo virtual que valga. Puedo realizarlas en estado de obnubilación, puedo pensar o imaginar otras cosas mientras lo hago, puede escindirme y escuchar radio, mirar televisión o leer el diario.

   Pero la escisión cuesta, no es gratuita. Esas escisiones implican el doble proceso de la corporalidad por un lado, relegada a ser acto biológico y el ser psíquico-afectivo en otro. Doble juego, doble gasto de energías porque el cuerpo quiere ser humano, quiere estar en el placer psíquico-afectivo y porque esto, sin el cuerpo, pierde algo o mucho de vida, de placer, de goce, efectos que potencian el vivir.

   En el espacio del erotismo y del sexo esto se hace más claro. Si la necesidad fisiológica sexual se satisface en el lugar del cuerpo en tanto animalidad biológica, queda un resto, o eso en realidad es un resto de algo mucho más grande y poderoso que sufre y se consume en infinitos espacios desplazados.

   Si recordamos el acto de comer leyendo o viendo televisión, pensemos ahora el acto sexual leyendo o viendo televisión. Es decir, estando escindidos, en otro lado, en ese lado de lo virtual. Veremos entonces que no hay goce en el comer, ni en el coger como acto en el cual el cuerpo no está comprometido. Pero tampoco habrá real placer y goce en el nivel escindido de lo psíquico-afectivo.

   Vuelve entonces la  pregunta: ¿Cuánto de nuestra vida puede ocupar lo virtual? ¿Cuán de lado podrá dejarse lo real-corporal? Lo virtual aparece como fascinante porque suponemos que da potencialmente una respuesta al deseo de la novedad, de lo diferente, de lo original como experiencia, pero no puede liberarse del llamado repetitivo, constante del cuerpo.

   Levedad caleidoscópica del mundo virtual, pesadez de la realidad. Paradoja quizás, porque esa levedad, por sí misma se hace insostenible y tarde o temprano aparece acompañada de la angustia existencial.

   Levedad sacudida por cualquier brisa, llevada al desierto o al abismo, suspendida en el vacío. Pesadez que en su lentitud, en sus repeticiones permite crear, producir y que algo, en algún punto, estalle en la potencia de la diferencia.

   Es la obra de arte, la pintura, el libro, el hijo, que aparecen luego de mucho trabajo y lo resignifican todo.

   Paradoja: cuando navegamos en puras diferencias no podemos caer sino en lo mismo, cuando trabajamos en lo mismo, puede surgir la diferencia, el acontecimiento, lo nuevo, que nos permite seguir viviendo porque lo tuvimos y porque nos reaviva el deseo de volver a lograrlo en otro momento.  

   Esto tampoco ha sido ajeno a la historia y al presente del análisis, que puede pensarse, ilusoriamente, como una continuidad de asociaciones e interpretaciones maravillosamente metafóricas. O por otro lado como esa tarea en la cual hay muchos dichos de uno, muchas intervenciones de otro y alguna vez, con suerte, alguna interpretación puede surgir.

   Si uno va al análisis porque quiere cambiar, porque no pensar que una vez, en una sola ocasión, surja algo que le hace decir: "esas palabras me cambiaron la vida", "ese fue un momento decisivo, ahí percibí y ahí pude tomar tal decisión". Porque el ser se juega en la decisión.

   Contra esto no puede la ilusión posmoderna, virtualista de la novedad constante. Eso no lleva más que a un tipo de desfondamiento en que el sujeto pierde su ser propio y queda a merced de la máquina que le inyecta una y otra vez alguna droga, no importa si "externa" o "interna", cocaína o endorfina, lo lanza a la intensidad, la que, sin su articulación con la historia, se c[1]onvierte en irremediablemente mortal. Muerte del cuerpo o del alma, quizás no haya demasiada diferencia.

   La intensidad, como la experiencia existencial más poderosa e impactante, es el filo de navaja entre el lado de la vida y el de la muerte. Cuando nos domina y nos lleva a la repetición en que la diferencia es su intensificación, la muerte será su signo. Es la moto de gran cilindrada con la que cada vez se corre a más velocidad hasta que estalla la tragedia, o es el síndrome internet hoy o podrá ser el casquete virtual de "Días extraños"2, que sume al sujeto en una catatonía colgada en el vacío, cuando ya no puede evadir su ansia de experimentación más allá del límite de su cuerpo.

   Cuando la intensidad puede ser incorporada a la novela de la propia vida puede convertirse en aquello que nos hace vivir. Por ello se convierte en un componente del amor.

   Quizás se necesiten pocos actos en nuestra vida que tengan ese efecto y ello nos puede hacer decir como al viejo Pablo: "confieso que he vivido...memorias", y eso me hace vivir, porque está presente.

   Son aquellos acontecimientos a los cuales volvemos una y otra vez. Los sentimos como grandes, al estilo de los "sueños grandes", del que hace muchos años hablaba Jung.

   Pero hay muchos otros que en la continuidad de la repetición cotidiana, aparecen como pequeños, fugaces, fulguraciones a las que seguirán las innumerables alienaciones de la vida diaria.

   Largo camino de la vida por senderos laberínticos que nos permiten ver sólo el trecho que tenemos por delante y que sigue, dobla, gira, se corta sin que sepamos que hay más allá. O senderos trazados una vez para siempre en el mapa de la ciudad y que nos permite seguir siempre los mismos recorridos o variarlos sin que modifiquemos el destino. Desde aquel camino de noria prescripto alguna vez por un líder político: "de casa al trabajo y del trabajo a casa", hasta los recorrido un poco más nómades cuando el sujeto se detiene, piensa, escucha las voces de la ciudad, toma otro curso, rechaza la prescripción despótica e inventa sus propios derroteros3.

   A veces, salir y volver. Campo-ciudad. Río-ciudad. Sierras-ciudad. A veces la línea de fuga final: sólo campo, sólo río,  sólo sierras y ya no más la ciudad.

   Con frecuencia se asocian esas actitudes y movimientos de personas o grupos, descalificándolos, con referencias patológicas, con ideas más o menos esotéricas, muchas de ellas con alguna ligazón a mitos orientales.

   Todo un tema en el que la relación occidente-oriente queda por dilucidar.

    Hoy se pueden observar diferentes formas de retorno a lo místico. En occidente, con algunas semejanzas en el oriente cercano, como es el caso de Irán, tiene que ver con la dinámica de masas.

   La mística de masas, que tiene una de sus mayores expresiones en los grupos carismáticos de la Iglesia Católica, incluídos curas sanadores o no, y en innumerables sectas y grupos protestantes, sigue la línea de los discursos religiosos occidentales, centrados en la imagen de lo Uno como causa y el carisma de sujetos que supuestamente asumen su palabra y su poder. Ahí, toda la fuerza de los componentes imaginarios está puesta en la fe, en el efecto mágico e instantáneo de la palabra o de pases gestuales sobre el alma y el cuerpo.

   En cambio, lo que distingue a muchas prácticas orientales es la existencia de grupos diferenciados en los cuales la existencia de la figura del maestro no se relaciona con un carisma recibido de un ser supremo personalizado, sino que lo distingue su sabiduría obtenida a partir de años de seguir una rígida disciplina, en el silencio, en el apartamiento y en una permanente reflexión articulada íntima y esencialmente con una práctica en la cual el cuerpo en cuanto a sí mismo, como en cuanto a sus posibilidades de acción, tiene un lugar fundamental.

   En esa perspectiva no hay acceso al conocimiento que no pase por el cuerpo, porque la perfección personal no puede lograrse sin la perfección en las posibilidades de acción corporal.

   La referencia no es del sujeto a un ser supremo mas o menos personalizado, sino a la relación con la realidad del mundo y del cosmos en tanto infinitamente compleja organización de energías. Desde la energía cósmica a la corporal y viceversa.

   En relación con esa trama, existen fenómenos sociales que no han entrado que yo sepa al  mundo investigativo en nuestro medio. Podríamos decir al respecto que "los brujos tienen su escuela".

   Hace unos años, despertó interés en algunos sectores el libro "Las enseñanzas de Don Juan", que tuvo su origen en un informe de tesis de un antropólogo, Carlos Castaneda. El público lector parecía estar compuesto principalmente por interesados en el estudios de ciertas drogas y por potenciales usuarios o que buscaban ampliar sus "exploraciones".

   Luego, fueron apareciendo otros libros del mismo autor, algunos relatos de experiencias de personas relacionadas al mismo o a sus grupos de referencia, de periodistas y comentarios académicos variados.

   Entre los primeros y los libros siguientes se pueden observar diferencias que son de interés. "Las enseñanzas de Don Juan" es un descripción pormenorizada, ingenua, de una experiencia que se fue corriendo o fue corriendo al autor del lugar del antropólogo que está en el campo pero su mirada gira constantemente al foro universitario, a sus interlocutores académicos, evaluadores, colegas, estudiantes, porque era uno de ellos. La experiencia fue corriéndolo al lugar del deseo de ir más allá de la academia y sumergirse en un aprendizaje y en una experiencia que lo transformaría en otro.

   Sus otros libros van transmitiendo teoría sobre el sujeto humano, sobre la vida, los mundos, el cosmos por un lado y por otro la disciplina, la forma singular de la transmisión del conocimiento, del aprendizaje, a través de la relación nahual-aprendiz, una forma de relación maestro-discípulo.

   Se trata de un pensamiento sumamente complejo al cual es difícil acceder por fuera de la experiencia que acompaña su desarrollo.

   Aquí me interesa apuntar solo algunas ideas sobre ello, una realidad que se hace visible en occidente, entre Méjico y EE.UU., pero que muestra una estructura ajena al pensamiento occidental y más cercana al pensamiento oriental.

   Por un lado, las referencias a una realidad que podría situarse como causa, sentido, conductora de la organización del mundo, tienen dos vertientes, una expresada en lenguaje popular, en consonancia con los alcances de lo imaginario social, en la cual aparece una entidad "el águila" como ese centro del cual surge y al cual vuelve toda la energía. Pero en otro nivel aparece la explicitación de que esa es una forma de nombrar algo que no responde a ningún tipo de figuración posible, sino que sería una especie de núcleo de espacio-tiempo que regiría el funcionamiento de lo real.

   En  ese sentido, lo que tiene que ver con la existencia, está más allá de la discriminación entre humano, animal o mineral. Existencia que no se refiere a maneras de ser propias de cada sector, sino a existencia en cuando organizaciones que incluyen elementos, sobre todo de acción, movimientos, objetivos, efectos que combinan propiedades de los diferentes sectores.

   Entonces si esas caracterizaciones nos hacen pensar en la cercanía del pensamiento oriental, más que en el occidental judeo-cristiano, cuando vamos a la estructura de la transmisión, esa referencia se hace más fuerte.

   El nahual, como el maestro Zen, da signos, propone tareas, indica sobre posiciones convenientes en cuando a la práctica, pero no explica de antemano el sentido y las contingencias del aprendizaje. Ayuda a reflexionar a medida que el aprendiz va superando los obstáculos que la disciplina propone. A menudo aparece la idea de singularidad, de diferencia que le impide generalizar lo que él mismo procesó. Esto plantea dudas a las críticas que se han realizado desde la racionalidad occidental, en sentido de que esa relación maestro-discípulo evidenciaría una posición de dependencia, alienada, sin autonomía.

   Ante esto es necesario ponderar las diferencias entre el pensamiento occidental y el oriental. Uno atado a la conciencia, a la razón, a la palabra, oral o escrita, donde la figura es el sujeto solitario leyendo, reflexionando, discutiendo con otros, siempre en el plano puramente verbal. En cualquier caso aparece el trabajo mental y la pasividad corporal. El cuerpo es un testigo mudo y ajeno.

   Esto no ha variado con métodos como el psicoanálisis tradicional, con el paciente acostado en el diván, medio para neutralizar más aún la presencia corporal y anular la conexión con  el cuerpo del otro a través de la vista. Tampoco las vertientes dramáticas lo superar en sentido que el cuerpo entra en su esponteneidad, aunque avanza sí en cuanto a la investigación de ciertos efectos corporales, gestos, poses, rictus, etc. en referencia a su conexión con lo psíquico y con la historia personal. Pero en general no existe disciplina alguna en la que el cuerpo es centro de la misma, sea por la ingestión de drogas en el caso del aprendiz de nahual, como parte del aprendizaje del cual en algún punto deberá prescindir, como en las prácticas a veces aparentemente simples, marciales o artísticas en el Zen.

   Lo dicho, que tiene un carácter esencialmente enunciativo, exigiría una pormenorización de los aspectos teóricos y metodológicos de esos pensamientos y prácticas, e implicaría un trabajo mucho más exhaustivo que resta por hacer.

   Resta por dilucidar las razones de las coincidencias señaladas. Dos respuestas posibles serían atribuirlo a casualidad o a herencia.

   Respecto del primer caso no habría nada que decir. Lo otro podría sugerir la relación entre culturas en tiempos remotos, hipótesis que parecería más plausible. De hecho, desde hace tiempo se ha venido diciendo de la posibilidad de alguna exploración o emigración de orientales a través del Océano Pacífico. En décadas anteriores, la expedición de la balsa Kontiki, que llegó a las costas latinoamericanas, reforzó la hipótesis y no puede ser descartada.

   Sin embargo, el hallazgo en las últimas décadas de restos arqueológicos, objetos de diferente uso en una línea que va desde el estrecho de Bering hasta por lo menos Ecuador y quizás Perú, avalarían con mayor firmeza la posibilidad de la emigración desde el norte, en el período de unión de los continentes y a posteriori, cuando el paso por el citado estrecho era más fácil.

   En cualquier caso, sería difícil pensar en visitas fugaces, sino por el contrario, relaciones de mucho tiempo, de tal manera que permitiera la producción de fusiones culturales importantes.

Podemos pensar en los objetos hallados, desde primitivos y sencillos, hasta elaboradas estatuas de jade con figuras típicas de oriente, o en los rasgos físicos de esos pueblos, o en expresiones como la música costera, con rasgos evidentes de la música oriental.

   El análisis de las formas de pensamiento que hemos analizado brevemente, y las prácticas que conllevan, creo que añade elementos nada desdeñables para la corroboración de hispótesis que descartan coincidencias casuales.

   Es interesante observar que pueblos con miles de años de historia continuada, como es el caso de Oriente o interrumpida en apariencia por la conquista, en América, pero contínua también en el desarrollo y transmisión de un saber que ha restado oculto, coincidan en aspectos fundamentales, según lo hemos señalado.

   Contrastan con el pensamiento occidental, que ha tenido vertientes antiguas, pero cuyas líneas más fuertes soportaron un quiebre con el nacimiento de la racionalidad que lo ha distinguido desde la fundación de la filosofía griega.

   A pesar de ello, ese pensamiento constituyó una continuidad de otro más antiguo desarrollado en la mitología griega y en el discurso religioso dominante en el pueblo hebreo, en el cual ya venía procesándose un movimiento represivo de la participación productiva del cuerpo, expresada paradigmáticamente en los cánones hebreos, cuyos innumerables artículos situaban a la impureza en el cuerpo, en primer lugar de la mujer y por traslación al cuerpo en general.

   Esa posición se continúa luego en la ideología cristiana, donde el cuerpo aparece como escindido y como núcleo de las pasiones, como motor del pecado. De ahí la expresión "el pecado de la carne". Si por otro lado se decía que el cuerpo debía ser "el templo del alma", en ese "deber ser", aparece la necesidad de la lucha constante y casi imposible contra el mal que en él se encarna.

   En el caso del pensamiento aborigen americano que  hemos comentado, ese problema no se define desde un canon abstracto que rige para todos por igual, sino que la manera en que cada sujeto integra a su vida lo erótico-sexual, depende de otras coordenadas ligadas a la energía que cada uno puede manejar. De tal manera que para uno esa cuestión puede aparecer como problema y para otros no.

 

 

 

Sobre vivir y pensar (II)

 

   La revisión del escrito anterior no pudo quedar en la lectura sobre lo dicho como algo cerrado.

   Con el papel delante o pensándolo, surgieron otras ideas sobre algunos de los temas: lo igual y lo diferente, lo virtual, la relación oriente-occidente.

   En cuanto al sujeto y su cuerpo, se me ocurre que existen "modelos de cuerpo", que a su vez podríamos calificar como "modelos del deseo". Modelo como lo que propone la sociedad y lo impone de diversas maneras, por las relaciones sociales directas, familia, escuela, iglesias, cultura de iguales, mundo del trabajo, entre otros y por los medios técnicos.

   Esas formas, figuras, se van articulando con el armado paulatino que cada uno de nosotros va haciendo en el transcurrir existencial.

   Tenemos que pensar entonces en las formas corporales y en los elementos que entran en ella.                         La forma-figura por sí misma es parcial, como lo son cada uno de los elementos que la van componiendo. Pero aún así, el proceso de "completamiento" o "rellenado" en el plano de los sentidos, especialmente visual, no son suficientes para pensar la construcción subjetiva, más allá de ser un compuesto, más o menos escindido, de "objetos parciales". Es necesario meter ahí la vida, la historia, los sentimientos, el pensar. Por ello, la experiencia en el "mundo virtual" no puede pensarse sino desde la relación del sujeto al objeto parcial.

   Vuelve aquí también el tema de lo igual y lo diferente. Cuando decimos (los varones) "en primavera las chicas te vuelven loco", ¿qué decimos?, ¿todas las chicas como lo mismo, como lo igual, genérico? ¿o cada una como diferente?

   Es posible que sea la búsqueda de lo igual en lo diferente, más que lo contrario. Porque lo que nos atrae no es todo por igual. Hay algo que domina, la forma corporal, el movimiento, el rostro, el busto, las caderas, las piernas, los ojos...Es posible que se trate del deseo del encuentro con uno o algunos de esos rasgos que conmueven porque tienen que ver con las experiencias que nos constituyeron. Es el encuentro con eso igual en este sujeto que es diferente.

   Luego, el contacto, la comunicación, el diálogo de palabras, gestos, afectos, cariño, erotismo, sexualidad, pueden llegar a componer, más allá del modelo genérico, más allá del rasgo imaginario encontrado, ese otro único, singular.

   Para ello, tenemos que dejarla ser o dejarlo ser en su diferencia, amarla o amarlo en eso, en la diferencia que ha capturado al rasgo. De otra manera se puede producir la ilusión de la relación de sujeto a sujeto, cuando en realidad se trata de que uno construye en el otro, aquello igual, que refleje el rasgo buscado. Algo del estilo de aquella magistral película, Peppermint frappé, en la cual el sujeto construye un fetiche en el cuerpo de una mujer, la cual es construida no como un sujeto, objeto total, sino como el objeto parcial del deseo fetichista.

 

   Lo oriental-occidental reapareció también en la interrogación sobre otros lugares en los que se podría leer algo de lo expuesto.

   Me vino a la mente el movimiento zapatista y algunas ideas fragmentarias. Una es la sugerente aparición de la figura de un viejo en diálogo con Marcos, ese gran escritor y gran poeta, donde aparecen anécdotas, cuentos, enigmas que pareciera tienen mucho que ver con rasgos del pensamiento de los hechiceros mexicanos.

   Otra fue la afirmación de un amigo en sentido de que los politicólogos y sobre todo aquellos con antecedentes en el marxismo, no acordaban con el zapatismo, lo analizaban desde sus esquemas racionalistas, mas o menos mecanicistas según se mire. Decía también que en realidad no lo entendían porque no tenían idea de la cosmovisión, las teorías sobre la sociedad y los sujetos que se sustentan en estos pensamientos milenarios.

   Quizás sea así. Es posible que no puedan entenderse los fundamentos, las estrategias y tácticas de un movimiento que extrae eso de un pensamiento atravesado por otras dimensiones de lo real.

 

   Respecto del plano de las ideas sobre la relación mente cuerpo, recordé la figura de Wilhem Reich, cuando planteaba ya en esas primeras épocas del psicoanálisis, que el modelo de la interpretación freudiana sobre contenidos era insuficiente, porque las experiencias traumáticas lo eran para el sujeto total y se insertaban de alguna manera tanto en el plano psíquico como en el corporal. Un proceso único en el que nosotros necesitamos pensar dos planos: psíquico y corporal. Y el primero como dominante sobre el segundo.

   El planteo era que en la medida que no se sobrepasara esa interpretación de contenidos hacia la interpretación y el trabajo con lo corporal incluido, no se lograría sino efectos parciales.

   Queda para mí el interrogante sobre las herramientas y métodos a utilizar para lograr esos desanudamientos y por otro lado, que fuentes de pensamiento utilizó para desarrollar sus conceptos posteriores sobre la energía, que han sido los más rechazados. Interrogantes que restan por dilucidar.

 

   En el Zen se plantea una fina articulación pensamiento-cuerpo. No sé si se ha desarrollado una teoría sobre el inconsciente, pero es claro que la concepción de la meditación sobre uno mismo, que es una reflexión filosófica, no pueden realizarse sino a través de una práctica en la que el cuerpo está implicado.

   En cuanto al proceso de lograr el conocimiento es interesante consignar que ello se puede entender como un efecto claro de articulación con algo del orden inconsciente, porque se supone que la perfección de la práctica adviene en el momento en que el sujeto, en el proceso mismo de la práctica concreta y acotada al arte, puede dejar fluir libremente sus ideas.

   ¿Una práctica imposible en el psicoanálisis y una posibilidad real en el Zen?

   En este sentido occidente ha tomado estas enseñanzas en dos sentidos. Aquellos que se adentraron en ella e intentaron trasladarla para recrearla en su totalidad, y por otro lado, ciertos sectores académicos y otros que tomaron prescripciones conductales, sobre todo en el campo de disciplinas corporales y el deporte.

   Lo que aparece allí es la extracción de técnicas que se incorporan a la ideología conductista. Implica el ejercicio, la reproducción de conductas en las que entran las ideas sobre el condicionamiento y no sobre el sentido que ello puede tener en el proceso de acceso al conocimiento.

   Algo parecido ha ocurrido en la famosa cuestión de los grupos de calidad y participación en las empresas, que comentara ya hace años en un artículo.

   También aquí hay referencias a tener en cuenta en el pensamiento hechicero, porque allí, en el proceso de aprendizaje para acceder a ser un hombre de conocimiento, si el aprendiz se queda en los dos primeros obstáculos, el miedo y la claridad, lo que logrará será aprender técnicas que le pueden permitir lograr ciertos efectos sobre sí mismo y sobre los otros, pero eso se quedará en la reproducción de técnicas mecánicas y no se incorporarán como herramienta para la lucha por superar los otros obstáculos hacia el acceso a ser hombre de conocimiento.

   En fin, pareciera que el conductismo tiene también versiones no watsonianas.

 

En cuanto a lo virtual, en un escrito sobre el esquizo y la ciudad, había incluído una afirmación: lo virtual no es diferente, esto con relación a las experiencias de un sujeto en la gran ciudad. Esto se refería a un caso acotado en el sujeto sometido a leyes, movimientos, estímulos múltiples, compuestos por elementos abstractos, imaginarios, virtuales en el sentido de que son elementos creados para crear efectos en el perceptor desde su virtualidad compuesta por imaginarios varios.

   Me refería, entre otras cosas, a las leyes de tránsito, señales varias, carteles, fotos, objetos variadísimos expuestos, donde la composición real-virtual es infinita. Pero donde aún un pequeño objeto real acotado, puede tener esta categoría. Pensemos por ejemplo en la manzana de Dalí en aquella vidriera. Una solitaria manzana que transitó en las manos de Dalí por la vidriera, depositada en muchos lugares, hasta que la dejó y se fué. Esa manzana real, disparó infinitas virtualidades en la imaginación de los perceptores.

   La cuestión es pensar que proximidad a alejamiento puede darse desde estos ejemplos a la imagen televisiva, a la computada, a internet y a los chismes de "realidad virtual", en la que aparecen elementos visuales, auditivos y táctiles.

   Uno de los problemas que mencioné fue el de la forma en que el cuerpo entra en estas experiencias. Lo predominante es la actividad mental perceptiva y por ahí movimientos manuales, como en los juegos, pero lo que predomina es la posición de un cuerpo estático frente al dinamismo perceptivo.

   Otro rasgo a analizar es la relación entre estas producciones programáticas (no olvidemos que los juegos de realidad virtual pueden ser subyugantes pero que son efectos programados y repetitivos) y las relaciones con el orden de lo imaginario.

   Dicho orden tiene múltiples formas. Una es la actividad imaginaria de la vigilia, que puede crear infinitas imágenes y situaciones. Hablamos aquí especialmente de la actividad creadora-inventiva.

   Otra puede ser la creación de imágenes hipnagógicas, que son aquellas que se forman en nuestra mente ante algún objeto, sin responder a sus caracteres reales. Por ejemplo cuando buscamos una pelotita en el pasto y la vemos, nos acercamos y nos encontramos con un cascote.

   Otras son las imágenes y situaciones "recordadas" que en realidad nunca ocurrieron.

   Otras son las imágenes alucinatorias que pueden ser producidas por drogas, en situaciones pos-operatorias o en la psicosis alucinatoria.

   Y tenemos los sueños, esa fábrica de infinitas posibilidades virtuales.

   Si volvemos al "mundo virtual" veremos que éste no va más allá de las posibilidades que tienen estas múltiples actividades imaginativas.

   Una diferencia estaría en que las actividades del sujeto son infinitas en sus posibilidades y efectos, aun cuando se mantienen en el plano mental, aun cuando pueden ser procesadas de diversa manera, aun con medios técnicos.

Las actividades dadas por la relación hombre-máquina brindan muchas posibilidades pero están limitadas a la capacidad de la máquina. Aún así, debemos contabilizar el mayor efecto que produce una imagen puesta afuera y con capacidad de reproducción.

           

  

 

 



[1] Película americana

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